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Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2021

Hermandad Sacramental de Sentencia y Maravillas Granada
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«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» Mateo 20,18

Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.

Queridos hermanos y hermanas:

Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo.

En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.

En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento.

Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).
La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino.

La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10).

Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19).

Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor.

Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto. En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación.

El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44).

Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223).

A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.

Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6).

Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.

La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea
grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).

Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.
Francisco



Cirio de Fe, Esperanza y Caridad para nuestra candelería encendida frente al miedo y el temor. Febrero de 2021

Hermandad Sacramental de Sentencia y Maravillas Granada
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Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.

 
Inauguramos el mes de febrero y lo quiero hacer con María en el corazón. María, Señora de la Confianza y Madre de nuestra fe. Sabemos, en conciencia, que cuando en el mar de la vida se levanta una gran tormenta, con olas gigantes que agitan interiormente, uno siente la tentación de clamar como hicieron los apóstoles a Jesús: «¡Maestro, despierta, que perecemos!». Ante este grito desgarrador de súplica Jesús se levanta y, extendiendo sus brazos, se impone a los vientos y a las olas que quebrantan la paz y la serenidad del corazón. A continuación, surge su reproche por la falta de fe y de confianza: «¿De qué y por qué tenéis miedo?». Esta imagen es muy recurrente en nuestra vida, más aun, en las circunstancia de crisis sanitaria y económica que vivimos. Cada vez que grandes tormentas amenazan nuestra  frágil estabilidad mundana Jesús nos enseña que nada ni nadie debe desestabilizar nuestra relación de confianza con Él si anhelamos convertirnos en auténticos discípulo suyo. Cada prueba de nuestra vida es una pedagogía del amor de Dios y de confianza en la providencia divina. Es en la prueba donde nuestro yo cristiano tiene la oportunidad de fortalecer el precioso don que hemos recibido del Espíritu Santo: la fe.

 
Cada prueba es una oportunidad de demostrarle a Dios que realmente creemos en Él, que cada acto de fe que profesan nuestros labios se convierten en un acto de amor verdadero; que toda  nuestra voluntad se adhiere a su Providencia. Dios no impedirá nuestro sufrimiento pero lo transformará en fuente de gracia. Eso nos hace sentir la certeza de que no caeremos nunca en el abismo si creemos en Jesús.

 
Hay una evidencia cierta. Dios siempre da más de lo que esperamos. Dios se hace presente en cada acontecimiento de nuestra vida, incluso con esa apariencia de silencio con dosis de una ausencia desgarradora, pero en realidad esconde el misterio inefable de su amor omnipotente. Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que Él llamó según su designio. Es el orgullo y la soberbia los que frenan la eficacia de la fuerza del amor de Dios en nuestro corazón. Y es la humildad la que permite  cualquier milagro del Señor. Lo hermoso sería poder decir, en la tormenta de la prueba: «Señor, no te hemos despertado aun cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor porque tenemos certezas de tu presencia. No es necesario que calmes las olas y el viento ya que a tu lado nada tememos porque contigo nos bastamos».

 
El ejemplo más clarividente de confianza es María. Ella en sí es escuela de confianza. María vivió su fe con firmeza y con un abandono incondicional a Dios siguiendo a su Hijo en el camino del Calvario. En medio de la más terrible tormenta de la historia, la del odio del infierno contra el Redentor del Mundo que le provocó la muerte en Cruz, cuando todo parecía perdido y fracasado, Ella estaba allí. A los pies del madero santo. No levantó la voz. Se mantuvo en silencio. Confiaba en la promesa de su Hijo de resucitar al tercer día.

 
Dudar en tiempo de zozobra no es posible si uno está plenamente unido a los corazones de Jesús y de María. Y eso es lo que le pedimos a María en este mes de febrero, confianza plena, fe firme y abandono sin dudas.

 
¡Sí, María, Madre de la fe y de la confianza, Tu nos enseñas cada día a no dudar de Jesús, a tener confianza en los designios del Padre, a confiar plenamente en la fuerza salvadora de la Redención que actúa por mero amor y misericordia! ¡Ponemos en tu corazón de Madre todas nuestras luchas, nuestros miedos, nuestras incertezas! ¡Bajo el refugio de tu misericordia, María, nos refugiamos para caminar contigo en los mares procelosos de la vida! ¡Salve María, que estás íntimamente unida a la consagración redentora de tu Hijo! ¡Ilumínanos en el camino de la fe, de la confianza, de la esperanza y de la caridad! ¡Ayúdanos a vivir en la verdad y en el abandono en Cristo Tu Hijo! ¡Inmaculado Corazón de María, ayúdanos a vencer la amenaza del mal que tantas veces se arraiga en nuestro pobre corazón y nos hace perder la confianza y la esperanza y ofusca en nuestro corazón la verdad misma de Dios! ¡Que seas tú siempre ejemplo, María, que creíste ciegamente en la Palabra del Señor, esperaste siempre sus promesas y fuiste perfecta en la espera y en la confianza! ¡Ayúdanos a tener siempre un espíritu confiado y que vivamos piadosamente en constante acción de gracias por las dádivas del Padre y que nunca nos mostremos ingratos con lo que nos suceda en la vida! ¡Concédenos, María, no apartar de nuestro corazón el amor a tu Hijo, que le demos siempre infinitas gracias por todos los beneficios que de Él recibimos!

 
Miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que en el mar de nuestra vida, zarandeado por la tormenta de la pandemia, su Amor venza al temor, y al Amor nos lancemos, porque esta es también la hora del amor que todo los vence y todo lo puede ¡al cielo con él! ¡Todos de frente valientes!
 
En este día de nuestro Santo Patrón San Cecilio, agradezcamos el don de la fe que nos legó, y pidamos su intercesión para que el Señor nos aumente la fe. San Cecilio protege a tu ciudad y a tu diócesis de Granada y líbranos de todo mal.

 
Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un mes saludable, santo, fecundo, y sin temor alguno.

 
José Gabriel Martín Rodríguez, Consiliario de la Hermandad.



Cirio de Fe, Esperanza y Caridad para nuestra candelería nueva y renovada (Enero de 2021)

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Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades. ¡Que Dios bendiga el Año Nuevo a todos! ¡Que el Señor os bendiga y os guarde! ¡Haga brillar su rostro sobre vosotros y os traiga la paz!

Ha comenzado un nuevo año, cuyas páginas están en blanco. ¿Qué eventos sucederán en nuestra vida personal y comunitaria? ¿Qué eventos sucederán en todos nuestros ámbitos y ambientes: familiares y laborales, sanitarios y educativos, políticos y económicos sociales y lúdicos, eclesiales y cofrades,…? No es el momento de jugar a las adivinanzas o de entrar en predicciones. Lo importante es saber con qué espíritu queremos vivir este nuevo año que hoy comienza. En qué dirección se dirige a nuestras raíces.

Vivir un año nuevo de una manera fácil y satisfactoria es dejar caer lo que nos pesa, lo que nos encarcela y limita y dejar entrar en nuestro corazón un aire fresco y renovado.

Cuando un año nuevo comienza a dar sus primeros pasos es necesario mirar hacia adelante con una mirada nueva. Pero esta mirada dirigida hacia nuevos horizontes no debe alejarnos de lo que somos. Cortar con las propias raíces es condenarse a un caminar errante, a una vida blanda e inconsistente.

¿Y cómo mantenernos en contacto con nuestras raíces? Dejando de lado la mundanalidad de los problemas reales y verlos desde la perspectiva de un discípulo de Cristo.

Para un cristiano, una de las muchas maneras de mantenerse en contacto con sus raíces es dejarse animar y habitar con la presencia maternal de María. Y esto es lo que la fiesta de María, Madre de Dios, que inaugura el año, nos permite interiorizar.

Jesús, siendo el mismo Dios, es el hijo de una mujer. Cada uno de nosotros también somos hijos e hijas de Dios. Y como Jesús tenemos a María como Madre. Lo dejó claro Jesús desde lo alto de la cruz a san Juan, que representaba a la humanidad entera: «Aquí tienes a tu Madre».

María es Madre de la Iglesia. Ella es Madre para todos y cada uno de nosotros. Es también la Madre de la Iglesia porque le dio al mundo la persona que da vida a la Iglesia y que llena nuestras vidas.

Este primer día del año nos invita a venerar a María y hacerlo con el rezo del Rosario, del Acordaos, invocándola con frases de amor como «María, en ti confío», «María, ruega por nosotros y por el mundo entero» o «María ruega por nosotros que recurrimos a ti».

Estos gestos de devoción a María reviven y mantienen nuestras raíces al vivir esta filiación que tenemos con Dios pero también con Ella. Nos convertimos así en una especie de pastores que creyendo al ángel acudieron al pesebre de Belén a glorificar y alabar al Dios hecho hombre y contemplaron la bondad y el amor maternal de María para todos y cada uno de nosotros.

Hoy podemos, siguiendo el magistral ejemplo de María, recordar las gracias recibidas durante el año duro y doloroso que ha terminado y meditarlas en nuestro corazón. Guardarlas con amor para releerlas y aprender las lecciones para el año que comienza. El ejemplo de María es el espejo en el que mirarnos para comenzar la andadura del nuevo año con una alegría y esperanza renovadas.

¿Qué te pedimos, María, para este año que comienza? ¡Imitarte en tu seguimiento y en tu corazón abierto para hacer siempre la voluntad del Padre! ¡María, Señora de los humildes, de los desamparados, de los necesitados de amor, cambia nuestra mirada, convierte nuestros puntos de vista, encarna en nosotros la presencia de tu Hijo, embebe nuestro corazón, para que en este año que nace nuestro corazón sea un corazón amoroso y misericordioso que sepa amar y perdonar! ¡María, Virgen fiel a la Palabra, enséñanos este año a escuchar más a Dios, a dejarnos sorprender más por Él, para ir descubriendo la voluntad de Dios! ¡María, Señora de la fidelidad y el compromiso, que te entregaste sin condiciones, enséñanos a ser fieles en el camino, a no desfallecer nunca, a seguir sin dejar caer los brazos! ¡María, Señora de los Dolores, que nos enseñas que la fidelidad tiene momentos de dolor e incomprensión, ayúdanos y permítenos superar este virus con corona que padecemos y hasta lo más difícil! ¡Ayúdanos a ser siempre fieles, fieles al amor compartido a nuestra pareja, entregado a nuestros hijos, compañeros a nuestros amigos y conocidos, misericordiosos con los necesitados y ofrecidos al Padre y a tu Hijo, Señor de la Vida! ¡María, Madre de los que buscan, que sepamos seguir tu ejemplo para ser fieles a Jesucristo, Tu Hijo! ¡Tú que vives el servicio con Amor, danos el valor para vivir la fidelidad a Tu Hijo en la acción solidaria a los que más lo necesitan, a los que sufren, a los que necesitan paz en el corazón! ¡Y en este año, ayúdanos a vivir practicando la fe en obras de justicia, de caridad y de amor para crecer en fidelidad y entrega al Reino de Dios que ha nacido en medio de nosotros! ¡Transforma nuestro corazón, María, para como tú dar nuestro «Sí» decidido al Padre!

Comenzando un nuevo año, miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que de la mano de María este año 2021 se llene para todos y cada uno de alegría, felicidad y paz 2021, ¡A esta es! ¡Al cielo con el año nuevo! ¡Todos de frente valientes!

Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un saludable, santo, pacífico, jubiloso y pacifico año nuevo.

José Gabriel Martín Rodríguez, Consiliario de la Hermandad.



Cirio de Fe, Esperanza y Caridad para nuestra candelería comprometida en Adviento y Navidad. (Diciembre 2020)

Hermandad Sacramental de Sentencia y Maravillas Granada
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Queridos hermanos y amigos, cristianos cofrades.
 
 
Ayer me encontraba en una pequeña capilla rezando el Rosario, ante una imagen sonriente de la Virgen. Al terminar el rezo de la Salve le dije a María: «¡Gracias, Madre, porque esta sonrisa tuya me permite comprender cuál es el verdadero compromiso del Adviento».
 
 
¡Que para mí es la alegría! Se lo dijo el ángel a María: «¡Alégrate, María, porque Dios está contigo!». Está con María, está conmigo, está con nosotros, está con la humanidad entera. La buena noticia es la ¡alegría!
 
 
La palabra «¡alégrate!» que pronuncia el ángel en nombre de Dios abre un tiempo nuevo en el corazón del cristiano. Es un acto profundo de fe y de esperanza. Es un canto a la vida, a la comunión con Dios, a abrir el corazón, a sentir la liberación que viene de lo alto.
 
 
La palabra «¡alégrate!» es el centro de la vida del Adviento. Es una palabra que no podemos quedarnos para nosotros, que tenemos que llevarla a nuestro mundo, que no puede quedarse guardaba en la caja fuerte de nuestro corazón sino de llevarla al mundo, compartirla, hacerla vida, comunicarla como hizo María cuando después de la Anunciación corrió a las montañas de Judea para encontrarse con su prima Isabel.
 
 
La palabra «¡alégrate!» es una invitación para que cada cristiano la grite a los cuatro vientos y la comunique con el corazón abierto.
 
 
En Navidad pensamos en los regalos que haremos a nuestras parejas, a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros hermanos… El mejor regalo navideño es llevar la alegría al corazón ajeno. Porque este «¡alégrate!» es gratuito, no cuesta nada: basta con una mirada de complicidad, una sonrisa, un gesto de cariño, un extender la mano al que lo necesita, un decir «¡aquí estoy para lo que necesites!», un acto de entrega, un perdón sincero desde el corazón…
 
 
«¡Alégrate!», por la presencia liberadora de Dios en tu vida; «¡Alégrate!», porque Dios viene a tu vida; «¡Alégrate!», por el regalo de María; «¡alégrate!», por la vida que Dios te regala que es canto de esperanza, acto de amor y de alegría.
 
 
¡Que en este tiempo de Adviento y en cada momento de tu, de mí, de nuestra vida, no te, no me, no nos falte nunca la alegría!
 
 
¡Madre, gracias por tu sonrisa cotidiana, por enseñarnos que la alegría es la esencia del cristiano! ¡Gracias, María, por tu mirada alegre, por tu enseñanza amorosa! ¡Gracias, María, porque nos enseñas que lo que Dios espera en este tiempo de Adviento es que estemos alegre! ¡Te pedimos, Espíritu Santo, que iluminaste a María el día de la Anunciación que nos otorgues siempre y en cada instante de nuestra vida el don de la alegría! ¡Te pedimos la alegría de la sonrisa, del corazón, del amor, del perdón; la alegría para cantar las grandezas del prójimo, de la vida que nos ha dado Dios, la del levantarnos de nuestras caídas por la misericordia divina, la nos llena el corazón de luz y de esperanza, la alegría que se abre a los demás, que lucha contra los problemas y las dificultades, que nos une a Dios, que inspira nuestra manera de actuar, que nos lleva a hacer las cosas bien hechas, que se entrega por los demás, que no se queja cuando las cosas salen mal…! ¡Llena nuestro corazón de alegría, como lo llenaste en María, para que sea una alegría repleta de bendiciones, de esperanza y de amor! ¡Danos la alegría para vivir sonriendo la fe, para impregnarlo todo de la sabiduría de Dios que hace que la vida sea motivo de alegría!
 
 
Comenzando un nuevo Adviento que nos prepara a una nueva Navidad (Novedad de Dios en nuestra vida), miramos a nuestros Sagrados Titulares en sus bellas y variadas invocaciones y advocaciones, y les pedimos que nos alcancen el ser testigos e instrumentos, monaguillos y acólitos, nazarenos y mantillas, pertigueros y cañeros, costaleros y músicos, todo el cortejo por y para la alegría, porque esta es también la hora de la Alegría que nos nace y todo lo alegra y recrea, ¡al cielo con ella! ¡todos de frente valientes!
 
 
Recibid un fraterno abrazo y el deseo de un saludable, santo, fecundo, esperanzador y alegre mes.
 
 
José Gabriel Martín Rodríguez, Consiliario de la Hermandad



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